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EL TRÁFICO


Mi novio pasó más de cinco horas en el Periférico ayer. La distancia no amerita tal tiempo: de la Unam al principado de Satélite (así es como gusta llamarlo).

A veces me pregunto por qué odia tanto la ciudad. Y creo que cada vez lo entiendo más.

Algo sucede con la gente cuando pasa demasiadas horas al día al volante.
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Sospecho que te desilusiona escuchar tu música favorita. El aire acondicionado ya no es brisa en medio de la cocción asfáltica. El paisaje se vuelva aún más ruin de lo habitual. Los grafitis, ya no son grafitis, son letras que te persiguen, o monstruos que se burlan de tu cárcel hecha de paredes de automóviles.

Mis condolencias para todos aquellos que sufren los estragos del tráfico. Yo no me puedo quejar, vivo a 5 minutos de todo lo que necesito, a excepción de la casa de mi amado...


**Foto patrocinada por JM desde el Periférico (otro día de tráfico y no ayer). ¡Bendito Iphone! Ahora uno puede evidenciar el entorno del otro en segundos.

EL DEBER DEL CIUDADANO

Hace días que no vengo por aquí. La vida me ha dado gratas sorpresas, dedicaré una entrada a ello.

Por ahora, les dejo una reflexión de Manuel Gómez Morín. Independientemente de la línea de este señor, hoy leí un compendio de fragmentos (de él) que hacían alusión a distintos temas, (fue durante una espera, de esas que uno no desea, pero se dan). Volvió a mí ese afán de lucha, de ideales adormilados por la usura del poder que nos maneja. Se los regalo:

El deber del ciudadano:

Oficio complejo y no exento de molestias y de riesgos profesionales, entre los que no es ciertamente el mayor el de tropezar con los pistoleros físicos o intelectuales del régimen. Oficio que toma tiempo, que arranca del hogar y del trabajo, que merma ocasión de otras más placenteras o aparentemente más altas tareas. Informarse de las necesidades y de los problemas comunes, juzgar de proposiciones, ofertas y programas; participar en deliberaciones, alzar justas protestas, extender o soportar proselitismo, tolerar y saber que hay que hacerse tolerar, tomar la carga de decisiones difíciles y de trascendencia. Y también cuidar del padrón, hacer cola en las casillas, pelear contra los ladrones de ánforas y de votos; ser candidato, hacer campañas, defenderse en colegios electorales inicuos, ser munícipe contra el gobernador que se roba los ingresos del Ayuntamiento y abre veinte cantinas por cada escuela, ser diputado durante tres años y machacar, desdeñando provocaciones, desnudando mistificaciones y falsedades, contra un muro que ni siquiera es de incomprensión o de genuina discrepancia intelectual, sino de sumisión infrahumana.
Ese es el oficio que debemos aprender y practicar, porque en él, sólo en él, se cumple el deber ciudadano. Como todo oficio, no siempre parece tarea levantada. Se oculta su dignidad a quien olvida cantero que con los ojos puestos en su trozo de piedra, está labrando la Catedral, o el batidor de lodo y paja que construyó "con adobe mexicano" el prodigio de gracia de nuestros templos.


Informe de la Convención Nacional, México, D.F., 25 de febrero de 1949. En Diez años de México, p.p. 265 y 266.